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Cuando el Bebé Duerme con los Padres

Cambiar cuna por cama es un paso festejado, pero que muchas veces acarrea una irresistible tentación para el niño: emigrar a la cama de sus padres.

 

El sueño es un proceso fisiológico fundamental para el ser humano, tanto niño como adulto. Mediante el mismo se recuperan las fuerzas físicas y mentales, se segrega la hormona que interviene en el crecimiento como la somatotropina y se dan procesos mentales como los relacionados con la memoria.

 

 

La falta de descanso nocturno altera el ritmo circadiano -propio de la especie y que está regulado internamente- y como el sueño no es acumulativo el individuo no puede recuperar lo que no durmió en una siguiente oportunidad o en un horario distinto al que estaba acostumbrado a descansar. El cuerpo requiere un tiempo de adecuación a cualquier cambio de este ritmo. Entre los 2 y los 3 años, un niño debería dormir entre doce y catorce horas diarias. Sin embargo, entre un 20 y un 50 por ciento de los niños tienen dificultades para conciliar el sueño o se despiertan frecuentemente durante la noche. Las causas posibles son muchas y variadas: insomnio, hipersomnia, trastorno del ritmo sueño-vigilia, miedo a dormir solo, pesadillas, terror nocturno, sonambulismo, enuresis, bruxismo, entre otras. Aunque en algunos casos el origen del trastorno es físico o emocional, la mayoría de las veces se relaciona con hábitos mal adquiridos desde los primeros meses.

 

 

 

 

 

Entre los dos y tres años, el hito más importante relacionado con el sueño es el cambio de la cuna por la cama. En algunos casos se hace antes, cuando el bebé aprende a trepar las barandas de su cuna, pues podría lastimarse. Esta transición a una “cama de grande” es una oportunidad para fomentar mayor independencia en los hábitos de sueño. Sin embargo, sólo por el hecho de que puede hacerlo, al principio se levantará una y mil veces.

 

Y su destino preferido al pasarse de la cama será sin duda la cama de sus padres. ¿Por qué? En primer lugar, todavía está vigente en él la llamada ansiedad de la separación, una respuesta de desagrado ante la separación de su madre, que se prolonga entre los seis meses y los cuatro años. Además, entre los dos y los tres años, pueden aparecer el sonambulismo (hablar o caminar en sueños) y los terrores nocturnos. Se trata de alteraciones temporales que por lo general desaparecen a partir de los tres años; pero mientras duren el refugio natural y preferido será la cama de los padres. Y otras veces será simplemente por capricho o porque está aburrido.

 

¿Qué hacer en estos casos? Ante todo, evitar que la cama de los padres se transforme en el remedio para el mal dormir. Hay otras maneras más eficaces de acompañar a un niño con trastornos de sueño: que, luego de una pesadilla, uno de los padres le haga compañía en su propia cama por un rato; encender momentáneamente una luz; o permitirle excepcionalmente mudarse al cuarto o la cama de un hermano. La cama de los padres tampoco tiene que ser premio o castigo -“Si te portás bien, podés dormir la siesta en la cama de mamá y papá”-, ni lugar de entretenimiento o diversión -“¡Vamos a leer un cuento a la cama grande!”. Estas cosas pueden disfrutarlas –los papás también- pero no deberían estar asociadas a consecuencias por la buena o mala conducta.

 

Reeducar los hábitos de sueño es más difícil que desarrollarlos originariamente. Pero el esfuerzo y la paciencia valen la pena: el sueño saludable del bebé no sólo le brinda la reparación necesaria para crecer bien, sino que abre, para sus papás, un espacio para la intimidad y el descanso.

 

Nota supervisada por el Equipo Médico de Mamashelp.

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