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Empatía y Simpatía

La experiencia de la maternidad representa un período de intensa capacitación para la convivencia. La llegada de un nuevo ser humano es una excelente oportunidad para entrenarnos en la aceptación y en la comprensión de los demás. En las situaciones difíciles, el verdadero interés por el otro/o por la otra produce en nosotros una ampliación del registro de nuestros sentimientos, porque el ver sufrir a quien amamos nos hace más solícitos y más generosos.

 

 

 

1. Simpatía

 

 

La experiencia de la maternidad representa un período de intensa  capacitación para la convivencia. La llegada de un nuevo ser humano es una excelente oportunidad para entrenarnos en la aceptación y en la comprensión de los demás.

 

Todos tenemos la vivencia de sentirnos más a gusto con determinadas personas, que parecen comprendernos aun sin decir lo que nos sucede, y que inclusive anticipan con sus gestos una respuesta a nuestras necesidades. Compartir el tiempo y las actividades con este tipo de personas es grato y nos alegra; hasta las dificultades o los momentos de sufrimiento resultan más llevaderos si estamos acompañados por quienes comparten nuestro estado de ánimo y  sienten con nosotros. Justamente éste es el sentido etimológico de la palabra simpatía -de origen griego-, que proviene de la preposición "syn", que quiere decir "con" o "junto a", y el verbo "páthein", de significado complejo, dado que indica tanto el sentir dolor como el sentir agrado. Al pasar a los idiomas modernos, páthein pasó a significar sólo el sentir dolor o sufrir, como resulta claro en el verbo "padecer" o en el sufijo "patía" que se añade al nombre de ciertas partes del cuerpo para designar alguna enfermedad. Sin embargo, la palabra "simpatía" caracteriza más bien el compartir un sentimiento de agrado; cuando definimos a alguien como simpático, entendemos  que es alguien con el cual es agradable pasar el tiempo, porque es ocurrente y divertido. Esto quiere decir que la palabra "simpatía" se ha especializado con el uso y no significa más "sentir con" sino más bien "sentirse bien con". No hay duda de que la vida sería muy aburrida sin esa corriente de simpatía que une misteriosamente a determinadas  personas con determinadas otras, y que les hace experimentar una especie de complicidad entre ellas casi frente al resto del mundo, justamente porque los demás no captan sus códigos y sus sobreentendidos.

 

Probablemente sea este sentimiento de simpatía la base firme de muchas  amistades, y es por cierto el ingrediente infaltable de fiestas y reuniones exitosas. Una persona es considerada simpática cuando tiene la capacidad de ofrecerles a los demás una interpretación original de la realidad, que nos hace sentir a gusto en la vida. Decir que alguien nos "cae" simpático es admitir que no pueden establecerse de antemano criterios infalibles para adivinar quién resultará simpático y quien no; y pobre del que intente a la fuerza "hacerse el simpático", porque no habrá camino más directo a la "antipatía" que el de forzar la característica inversa. Es claro que la antipatía es "sentir lo opuesto", es decir, sentir una especie de oposición afectiva frente a alguien.

 

Los chicos suelen manifestar "en borrador" sus sentimientos tanto de simpatía como de antipatía, cosa que incomoda terriblemente a los adultos a cargo, sobre todo cuando imprudentemente  exponen a los chicos a situaciones difíciles de manejar. Un ejemplo de esto es cuando los quieren forzar en sus amistades, especialmente cuando los chicos ya están en la etapa en la que manifiestan sus preferencias afectivas. Los adultos, en cambio, solemos esconder nuestros sentimientos de antipatía, o los disfrazamos de simpatía, cuando lo conveniente sería entender qué nos pasa, cuál aspecto del otro nos resulta molesto, para poder trabajar sobre detalle y destrabar la situación. Si el adulto aprende cómo manejarse con sus sentimientos negativos, sabrá también indicarles a los chicos el camino por el cual no se verán esclavizados por sus reacciones afectivas sino que lograrán armonizarlas. La serenidad afectiva es un gran factor de equilibrio e indicio de madurez, y es innegable que muchas personas que definimos como simpáticas no son esclavas de lo que sienten, sino que tienen el gran mérito de tomar distancia de su propia persona y de verse con humor desde afuera. A este propósito Tomás Moro decía "bienaventurado el que sabe reírse de sí mismo, porque nunca dejará de divertirse".

 

 

2. Empatía

 

 

Desde hace un tiempo una palabra nueva ha hecho irrupción en el campo de los sentimientos humanos, sobre todo cuando se trata del cuidado de las personas, como seguramente lo es la actividad de madres y padres. Esta palabra es "empatía". Se trata de un neologismo, es decir, una palabra que no proviene  de los clásicos griegos sino que ha sido formada sobre la base de las palabras griegas en "páthein", y que literalmente significa "sentir en". A principios del siglo XX este término empezó a utilizarse en psicología para definir la capacidad de sentir como siente el otro, marcando una diferencia con la simpatía, que es acompañar al otro pero desde nuestros sentimientos. Esto de sentir como siente el otro seguramente no es algo fácil, dado que los sentimientos, como los describe José Antonio Marina en El laberinto sentimental, son una síntesis aggiornata de nuestras experiencias personales, lo cual significa que son algo tan propio que hasta su transmisión se vuelve dificultosa. De hecho frente al sabor de un postre que nos hacía nuestra abuela o al perfume de una planta que era intenso en algún jardín de nuestra infancia, es muy difícil hacer que otro sienta la avalancha de emociones ligadas a los recuerdos de toda una vida, con todos los matices que el tiempo añade a las cosas perdidas en el pasado.

 

De una manera análoga, algo largamente esperado es recibido con un acompañamiento de expectativas que también tiene que ver con las experiencias positivas y negativas de la persona, y de nuevo nos encontramos frente a esa síntesis sentimental tan personal y exclusiva de la que nos habla Marina. Por eso, cuando hablamos de empatía, entendemos que es en cierto modo más fácil empatizar las experiencias de los niños por la mayor universalidad de sus primeros contactos con el mundo, experiencias que entonces también nosotros como adultos encontramos guardadas en alguna parte dentro de nosotros mismos. Por eso acompañar a un niño en su crecimiento es hacerse un poco niño, y esto le resulta más fácil a aquel que no ha archivado del todo su infancia, probablemente porque ha sido buena.

 

Más compleja es la empatía respecto de un adulto, que tiene ya una historia personal que hace que cada realidad cobre un sentido particular por cómo ha sido experimentada -positiva o negativamente- por la persona en cuestión. No es lo mismo vivir en el campo para aquellos que lo conocen desde chicos que para alguien que siempre vivió en la ciudad, y habrá ciertas sensaciones que serán totalmente nuevas para éste último que los primeros quizás no lleguen a entender: la inmensidad de la llanura, los silencios, el cielo nocturno más oscuro y más luminoso a la vez. No todas esas sensaciones serán positivas, sobre todo cuando el cambio de escenario es muy abrupto; todo ese complejo de sentimientos puede producir la desagradable sensación de soledad y abandono. Aquí vemos la necesidad de la empatía, que consiste en ponernos en el lugar del otro, armando lo más completamente posible "su" mundo, con "sus" experiencias previas, "sus" expectativas y "sus" frustraciones, y sólo desde esa perspectiva algo de ese misterioso mundo del otro se nos abrirá.

 

La dificultad  parece aumentar cuando se trata de un varón que intenta entender a una mujer o viceversa, porque parece que somos, varones y mujeres, lo más "otro" que le pueda  pasar a cada uno... Sin embargo el amor, la amistad y el deseo del bien del otro son un excelente puente para acercar riberas tan distintas. Una gran filósofa del siglo XX, Edith Stein, quien murió heroicamente en un campo de concentración nazi  en 1942, estudió muy a fondo el tema de la empatía, dejándonos un excelente análisis de esta vivencia y una descripción de los distintos elementos que la constituyen, de tal modo que  podemos reconstruir con habilidad en nosotros la reacción afectiva de los demás. Edith Stein compara la empatía con la memoria que tenemos de nuestros estados de ánimo de momentos del pasado; en el esfuerzo por recordar con precisión el pasado, nuestra conciencia contiene no lo que sentimos en el momento presente sino, a través de una reconstrucción de las circunstancias de entonces, lo que sentíamos en ese entonces, lo que sentía ese "yo" que éramos y que ya no somos. Por supuesto que, al tratarse de nosotros mismos, tenemos la gran ayuda del fichero mental de nuestros recuerdos, pero no por eso  se trata de algo banal, sino que requiere una gran atención y cierta habilidad para hacerse "otro".

 

Cuando la empatía involucra realmente la vivencia de otra persona, esa atención se vuelve más delicada aún, porque ningún detalle puede ser pasado por alto, y el esfuerzo por hacernos otro nos obliga a estar "en sus zapatos", a pensar como piensa, a ver las cosas a su manera y dentro de su escenario. Además, no puede haber verdadero cuidado de la persona sin una buena dosis de empatía, así como no hay amor que no sea empático, por lo menos en sus momentos perfectos.

 

En las situaciones difíciles, el verdadero interés por el otro/la otra produce en nosotros una ampliación del registro de nuestros sentimientos, porque el ver sufrir a quien amamos nos hace más solícitos y más generosos. Pero existen también trabas temperamentales que impiden a veces la expresión de estos sentimientos, y allí la empatía -ida y vuelta- es la única manera de construir el puente entre los mundos personales. Los seres humanos somos todos diferentes, pero no podemos ser plenamente nosotros mismos sin los demás, como se ve bien en el amor y en la amistad, y por eso desarrollar la capacidad para la empatía permite hacer de las diferencias no obstáculos para la mutua comprensión, sino estímulos para un mundo más interesante.        

 

 

 

 

María Paola Scarinci de Delbosco

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