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Tener un Hijo: Signo de Esperanza

Aun en situaciones adversas, la llegada de un niño siempre es una buena noticia y una apuesta por la vida.  

 

 

 

 

Además de una gran responsabilidad, traer un hijo al mundo es también una verdadera apuesta a un futuro esperanzador. Sin embargo, en el mundo actual muchas veces se considera la llegada de un hijo como un problema social y una carga económica que acarrea dificultades para el futuro, especialmente educativas. No siempre se ve socialmente al hijo como una esperanza para el rejuvenecimiento social y como un don precioso para la familia.

 

Sin embargo, la vida humana es siempre una buena noticia. Aunque surja en circunstancias difíciles, toda persona es un don de valor inestimable. Cada individuo constituye, por su sola existencia, una claro signo del amor ofrecido y recibido.

 

Y el embarazo es una jugada por la vida, la esperanza y el futuro. Pero no una esperanza reducida a la previsión meramente material del porvenir, sino aquella que se manifiesta en la fe en un amor al cual entregarse.

 

"Esperar es para nosotros saber, confiados, que vamos en el camino correcto para crecer nosotros y ayudar a crecer a los que están confiados a nuestros cuidados. Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y esperar”, dice Mario Iantorno en su libro El Ser del Educador (Editorial Magisterio del Río de La Plata).

 

Eduardo Pasman, educador y filósofo, recuerda una frase popular: "No se es huérfano por haber perdido al padre y a la madre sino por haber perdido la esperanza”, y como padre de dos hijos, de 10 y 8 años, asegura que no hay nada más esperanzador que una mujer con un bebé en la panza.

 

A pesar de todo, el camino de sumar un hijo es un proceso que desencadena infinidad de ideas, sentimientos, responsabilidades y expectativas, a menudo contrapuestas. 

 

En algunas circunstancias, la futura mamá percibe cierto temor frente a la tarea que implica la crianza de un bebé. Pero ese hijo que crece en su vientre tiene una razón de ser, un por qué y para qué que irá descubriendo a lo largo de su existencia. 

 

"Me tocó estar embarazada cuando sucedió lo de las Torres Gemelas y después, en la Argentina, fui testigo de los dramáticos saqueos y la debacle institucional. Todos esos sucesos negativos me hicieron aferrarme aún más a la vida que llevaba adentro, a mis otros hijos y a mi esposo. Y si bien el 2002 fue un año difícil en el aspecto económico y laboral, también fue un año de bendiciones: profunda unidad familiar y una bebita que nos trajo una alegría desbordante y una razón más para seguir peleando", cuenta María Castro.

 

Por su parte, María Cafferata relata la riqueza de la maternidad como experiencia de vida. "Ser madre me ayudó a ser más responsable, tolerante, solidaria y sensible a todo lo que me rodea. Supongo que esto es porque uno sabe que los hijos lo trascienden y está presente el deseo de que vivan en un mundo mejor que el actual. Por eso, uno trata de mejorar en algo lo que vivirán nuestros chicos", sintetiza.

 

También agrega: "Nunca fui tan responsable con nada en mi vida como con la educación de mis hijos. Por ahí me costó un poco ponerme en el papel de esposa o ama de casa, inclusive podía no ser tan cumplidora en el trabajo, pero con mis hijos trato de no fallar (por supuesto que igual fallo todos los días)”.

 

A su vez, Rosa Fracarolli aporta sus vivencias: "Hay cosas que escapan de la planificación o deseos de los seres humanos y que responden a otro orden de cosas, llamémosle Dios o, para el que no es creyente, Naturaleza o algo así. Eso enseña a aceptar y recibir, con alegría, lo que depara la vida, aunque no responda estrictamente a los planes y deseos", comenta y asegura que no siempre resulta sencillo recibir todo esto con alegría. "Al principio de mi embarazo yo me sentía frustrada o desilusionada. Pero, a medida que pasaba el tiempo, pude esperar a mi hija con alegría. Y me sentí responsable por esa vida aunque yo no la hubiera voluntaria o conscientemente llamado."

  

Traer un hijo al mundo es un acto de trascendencia. Implica una profunda entrega y un firme convencimiento de que mañana la vida podrá ser mejor que hoy. También es un camino de esperanza y, tal como afirma el vietnamita François Xavier Nguyen van Thuan en el libro Testigos de Esperanza (Editorial Ciudad Nueva), este camino está lleno de pequeños pasos de esperanza. Van Thuan pasó 13 años de su vida en una cárcel comunista, de los cuales 9 estuvo en aislamiento. Sin embargo, su testimonio es profundamente alentador y pone de manifiesto una visión positiva de la vida.

  

"Tengo un amigo- comenta Henri J. Nouwen en su obra El Regreso del Hijo Pródigo. Meditaciones ante un Cuadro de Rembrandt (Editorial PPC)-, que es capaz de ver alegría allí donde yo creo que sólo hay tristeza. Viaja mucho y conoce a cantidad de gente. Cuando vuelve a casa, siempre espero que me cuente cosas acerca de la difícil situación económica de los países donde ha estado, acerca de las grandes injusticias y el dolor. Sin embargo, al compartir sus experiencias habla sobre la alegría que ha descubierto y que estaba escondida. Habla de un hombre, una mujer o un niño que le han llevado esperanza y paz".

  

Muchas veces, la persona más indiferente y fría se conmueve ante una mujer a  punto de dar a luz o ante un recién nacido. Podrá caerse el mundo a su alrededor, pero esa madre tiene en su bebé, y en sus otros hijos, una herramienta para combatir el desaliento y la desesperanza.

  

"La alegría no niega la tristeza sino que la transforma en una tierra fértil para cultivar más alegría", dice Nouwen. Aún en las situaciones más adversas, un bebé siempre será un signo de esperanza y un verdadero reconocimiento a la vida.

 

 

 

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