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Cómo poner límites en forma saludable

Un método de disciplina sólo podrá ser positivo y eficaz si se aplica en le marco de una relación cálidad y saludable. En realidad, ningún niño puede desarrollarse adecuadamente si no lo sostiene un vínculo honesto, sólido y franco con suis cuidadores significativos. Sin ese sostén afectivo, lo demás es anécdota.

A partir de los años 50, se asiste a un período de post guerra, se confrontan el modelo “conservador” y el “progresista”, que muestra avances científicos y tecnológicos, modificación de leyes laborales y civiles,  dando mayor protagonismo a la mujer.Comienza la flexibilización de costumbres morales que se reflejan en la familia y en la scuela y se empieza a debatir acerca de la marcada autoridad como autoritarismo. Nacen la rebeldía y el desafío cuestionador.

La década del 60 es clave: Innovaciones y transformaciones en las ideas, comportamientos, costumbres, arte, moda y códigos sociales. Surge el movimiento hippie con su lema: “paz y amor” como respuesta a las guerras. Ya no importa el “qué dirán”: pelo largo, ropas llamativas, marcan la gran revolución. Una gran frontera continúa separando a padres e hijos, y la autoridad es ridiculizada: “hay que enseñar a los padres que no saben nada”. Los límites no hay que marcarlos sino permitir que el hijo encuentre los que mejor le cuadren. En este caso son los hijos quienes se van de la casa a vivir a comunidades, donde todo es compartido y nadie manda.

Cobran auge las teorías psicoanalíticas: los padres se sienten con culpas y cargados de reproches y  evitan los límites por considerarlos represores.  Coexisten padres “antiguos” y “modernos”, unos reprimen fuertemente, los otros renuncian a la autoridad dejando a los hijos sumidos en una anarquía muy perjudicial: el hijo no sabe dónde está parado, el camino es incierto,  se genera un clima confuso.

A fines del 60 y principios del 70, se pasa de la protesta pacífica a la violenta. Asistimos a un movimiento de masas sensibilizado, que reclama libertad y justicia social. Hay en la juventud un deseo transformador, con ideales y un fuerte compromiso. Son años difíciles y confusos. La autoridad sigue perdiendo espacio.

Ya llegando a los 80 y en adelante, se debilita aún más el poder de la familia y de los centros educativos. En las escuelas se confunde aprendizaje agradable con aprendizaje sin esfuerzo. Se fomenta el facilismo. En las familias se intenta que los hijos se expresen sin inhibiciones: libertad sin límites.Faltan objetivos concretos, parámetros claros, intereses. No hay referencias, no hay tradiciones ni motivaciones para proyectarse al futuro.La brecha generacional se acerca: padres e hijos son fundamentalmente amigos. El culto a la juventud es un valor, todos deben ser jóvenes o aparentarlo. No existen las normas básicas que se extiendan a la sociedad, haciéndose por lo tanto muy difícil la convivencia. Los valores como honradez, respeto, honorabilidad, esfuerzo, sacrificio, han perdido su lugar. Prima el hedonismo, el consumismo, el individualismo. Narciso ha renacido con fuerza y vigor.

Los modelos verdaderos no existen, esto genera gran desorientación, confusión, desinterés, apatía, desborde, descontrol y los modelos existentes son francamente preocupantes.Una  nueva categoría de padres ha comenzado a proliferar: son aquellos que TEMEN a sus hijos y son MALTRATADOS por ellos.

• ¿Y entonces, qué hacer?

Como primera medida entender que las normas o límites son necesarios para lograr ordenarse. Y una vez ordenados podemos pensar, decidir y accionar en función de nuestros objetivos. La “anomia” (a: falta, nomia: norma), genera una gran sensación de desprotección y de abandono.

Una familia debe “pensarse” a sí misma. Es fundamental tener claro el camino a elegir en función del lugar a dónde deseamos llegar, y este camino, como todos, ha de tener límites conducentes y contenedores. Una familia no se improvisa, como tampoco se improvisa un hombre ni una mujer.

En segundo lugar es importantísimo sentirse acompañado. No son pocos los que piensan que autoridad, límites y libertad, van de la mano. Y si algunas veces “se rema a contra corriente” debe asumirse la responsabilidad con valentía y seguridad. No es posible que el entorno genere dudas en forma permanente. Lo común, lo habitual, no es necesariamente lo bueno, por más que prolifere en las costumbres.

Y para completar hay que incorporar confianza en lo que se hace y en el otro, el hijo. Saber que aquello que se está sembrando bajo la lluvia, con un fuerte sol, o en la sequía; si se lo cuida, dará sus frutos tarde o temprano. Algunas veces habrá que replantearse y volver a empezar. No se aplica la misma receta en todos los casos.Por eso, más que las recetas de cocina en materia de familia, son  necesarias las herramientas internas con las que se cuenta.Para eso, hay que trabajarse y trabajar. Lo adquirido no desaparece, lo aprendido no se desaprende, se acumula.


Si “yo mando y tu mandas, y los dos mandamos juntos”, en el mismo sentido, él no se trauma.

Adriana Ceballos
Orientadora Familiar y  Psicóloga Social
Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad Austral

 

 

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