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Derechos y...

Es bueno que padres e hijos lean juntos la Declaración de los Derechos del Niño, para que sepan qué les corresponde y qué no.

 

 

En la mesa de luz, colgada en alguna pared de la casa o memorizada para su uso inmediato, siempre es bueno tener cerca la Declaración de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas hace ya varias décadas.

Los padres que la tienen cerca no dejan de congratularse ante los beneficios de esa decisión. Es que son ellos los principales beneficiarios de esta generosa declaración: al saber con total certeza cuáles son los derechos de sus hijos, a la vez, y por el mismo precio, pueden saber con total exactitud cuáles no son los derechos de su bienamada progenie.
Es sabido que la globalmente aceptada religión del consumo tiene sus mandatos, y que cuando éstos no se cumplen generan una extraña sensación de exclusión y culpa en los padres que, por voluntad consciente o del bolsillo, se salen del juego de comprar y comprar.
 
 
Los chicos de las clases medias y de las superiores – atiborrados de objetos de consumo y, a veces, de derechos que no siempre saben compensar con obligaciones – hacen lo que pueden. Algunos de ellos incluso amenazan a sus padres con juicios cada vez que sufren alguna frustración que los exilia del reino de la perpetua satisfacción que les promete la publicidad. Es allí, justamente allí, en ese punto conflictivo de la relación entre padres obligados e hijos demandantes, donde aparece, rutilante, la maravillosa Declaración Universal de los Derechos del Niño.
 
 
A modo de ejemplo, digamos que ante el pedido desorbitado de un hijo de 12 años que exige un celular modernísimo sin el menor criterio, nada más pedagógico que sentarse junto a él y leer derecho por derecho, con cuidado de no saltear ningún renglón, para descubrir si en la lista figura el celular.
 
 
Se busca con prolijidad y se ve que no; no figura ni remotamente. Derecho a la identidad, a la alimentación, a un techo, a la educación…No viene mal corroborar junto a los chicos el cumplimiento de los derechos que figuran en el listado. En general, sobre todo entre los que pertenecen a las clases medias, esos derechos se cumplen; y, en ocasiones, con creces.
Digamos lo obvio: lo que no figura como derecho no lo es. Celulares, play stations, vacaciones en determinados lugares, milanesas con papas fritas todos los días o motocicleta de alta cilindrada no aparecen en la declaración, por lo que inferimos que es patrimonio del arbitrio paterno (y no una obligación) comprar los mencionados elementos. Si los padres brindan esto, es porque quieren, no porque están obligados por declaración alguna.
 
 
Tampoco son obligatorios los besos de las madres, el fútbol compartido entre padre e hijo, el paseo dominguero al zoológico, la mirada de orgullo ante un logro del hijo o las lágrimas emocionadas en la fiesta escolar…Son cosas que se ofrecen a los hijos porque sí, no por obligación, y de allí que su valor psicológico y espiritual sea muy superior al que tendría si fueran parte de un decálogo con fuerza de ley.
 
 
Hay quien dice que debería existir una Declaración Universal de los Derechos de los Padres. Puede ser. Pero insistir con esa idea podría inducirnos a pensar que son los derechos – y no los deseos – los que mueven al mundo, la idea que puede quitarle encanto y gratuidad a la cuestión de criar hijos y gozar la paternidad.
 
 
En cuanto a lo que beneficia a los hijos, digamos que, sin duda, el sentir que los padres hacen las cosas porque tienen ganas y no pro obligación los enriquece como personas y aporta a su calidad de vida. Al fin y al cabo, decirle con calidez a un hijo “tenía muchas ganas de que nacieras” tiene un efecto muy diferente de decirle “naciste porque tenías derecho”. El amor y la deuda no se llevan. Y es bueno recordarlo en un mundo que parece una larga e inacabable tanda publicitaria que nos llena de necesidades innecesarias que, lamentablemente, a veces nos hacen olvidar que ser padres es una bendición, justamente, porque quisimos serlo, no porque nos obligaron.
 
 
 
Por Miguel Espeche
Es psicólogo y coordinador del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Ignacio Pirovano, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el que organizan talleres de apoyo para distintas problemáticas. Es autor del libro Penas de Amor.
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