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Generosidad

La maduración de una persona va desde el egocentrismo inicial, cuando todas las fuerzas del nuevo ser están puestas en su defensa y subsistencia, hasta el reconocimiento paulatino de la existencia de otros en el mundo.  

 

1. Del mundo exclusivo a la apertura

 
Las posibilidades de supervivencia de un ser humano dependen enormemente de sus ganas de vivir, y estas ganas de vivir se manifiestan en los primeros tramos de la existencia de una persona en la forma de un necesario egocentrismo. Si no fuera tan fuerte la defensa de la propia persona, puesta en el centro de la atención, no habría  energía suficiente para conseguir lo necesario para la vida y para luchar contra todos los obstáculos que ponen en peligro la propia seguridad. Frente al bebé que busca con convicción el pecho de la madre y llora con fuerza cuando se lo desprende, las miradas de los adultos acompañan siempre con simpatía esta “lucha por la vida” y perciben la importancia que esa innegable manifestación de vitalidad  tiene en el desarrollo del bebé.

Más adelante, acompañando las etapas sucesivas del crecimiento, el niño irá adquiriendo la conciencia de lo que le pertenece con el fin de extender su espacio vital y, junto con el espacio vital, sus posibilidades de interacción con la realidad: su cama, su vaso, sus juguetes,  sus  zapatillas, etc. Este sentimiento de posesión no es más que la expresión de la autoafirmación del niño, que podríamos interpretar de la siguiente manera: “Yo soy el centro del mundo y el mundo es mío”. La inevitable exageración de estas expresiones sirve para entender el punto de vista “absoluto” de los niños pequeños, para los cuales los matices son incomprensibles. Pero el crecimiento y la maduración implican que ese mundo tan cerrado alrededor de la persona se vaya ampliando para poblarse con la presencia de los demás, que vienen no a empobrecer las experiencias personales sino a enriquecerlas con  las diferencias, las ocurrencias y los gestos que provienen de los demás.

Sin el entrenamiento de hacerles lugar a los demás, no hay verdadera maduración y no hay progreso de una a otra de las etapas de la niñez. Un acontecimiento frecuente en la vida del niño que parece una imprevista “invasión” a su mundo es el nacimiento de un hermanito o hermanita. Por eso es frecuente que los chicos sientan inseguridad, molestia, celos o tristeza. Alguien dijo que la incorporación de un nuevo hermano es difícil porque es alguien distinto de mí pero con los mismos derechos sobre un montón de “cosas” mías: los espacios de la casa, los objetos y, finalmente, papá y mamá... Es muy difícil ayudar al niño a salir de la absolutez de “su” mundo si no tenemos presente que lo que vamos a hacer por él es algo bueno y además indispensable para que alcance una mayor madurez; ayuda también recordar que madurar significa  poder ser más libres, más conscientes de las cosas, y, en última instancia, tener más oportunidades de felicidad.

 

2. Cuando dar no es quedarse sin nada

Una de las fantasías de los chicos frente a la presencia de “otros” en su mundo es que les quitarán algo. Por eso es importante que nuestro trabajo de educarlos se centre en entender cómo la actitud generosa significa la oportunidad para abrirnos a un mundo más grande, más rico y variado.

Si simplemente analizamos la palabra “generosidad” resulta muy sugerente saber que tiene la misma raíz que "engendrar", y que está emparentada con palabras que significan fértil, fuerte, de buena raza, noble, conceptos que nos permiten entender que ser generosos “engendra” cosas buenas. La generosidad hace que el mundo de cada uno se abra al mundo de los otros, y que de ese encuentro seguramente nace algo nuevo, algo que  enriquece en lugar de quitarnos lo que considerábamos sólo nuestro. Y es lógico que sea así, porque no somos seres autosuficientes y no sólo necesitamos “cosas”, sino que también necesitamos a las demás personas. De hecho hay capacidades nuestras que jamás se desarrollarían si no estuviéramos en relación con los demás: la comunicación, la amistad, el amor.

Entrenar a nuestros hijos pequeños para compartir amplía también su sentido de la justicia y los hace más comprensivos con los demás; su espontáneo egocentrismo, que como vimos fue necesario para que protegiera su vida en sus momentos iniciales, debe ahora dejar lugar a una actitud mucho más compleja y satisfactoria, que es la apertura al otro como algo bueno. Ser generosos no será tan difícil si el chico siente cerca de sí la mirada amorosa y atenta del adulto que lo guía, que lo estimula frente a las dificultades y que prontamente le reconoce los triunfos. La generosidad es el comienzo de una presencia activa en el mundo, por la cual cada uno empieza percibiendo que está dando cosas y que eso ocasionalmente puede doler, pero termina entendiendo que él mismo vale, justamente porque tiene algo para dar. Como adultos, creemos que la vida no tendría sentido si no pudiéramos amar y ser amados, por eso entendemos que el desarrollo de la generosidad en nuestros hijos es un entrenamiento fundamental para hacerlos capaces de dar amorosamente y para permitirles así sentir la riqueza de su propio ser y la alegría de compartir con los otros.

 

3. Educar en la generosidad

Una vez que se nos aclara el sentido de la generosidad y que ya no sentimos “lástima” por el sufrimiento inicial que padece el chico cuando debe compartir sus juguetes o cuando -peor aún- debe compartir a sus padres con el hermanito nuevo, vamos pensando en las estrategias más adecuadas para que ser generoso no le cueste tanto a nuestro hijo. Seguramente hay personalidades que más fácilmente se ponen en contacto con los demás, y para estos tipos temperamentales la generosidad se desarrolla sin dificultades como un recurso natural de comunicación con la realidad. Para estos chicos, los otros se presentan tan importantes y tan interesantes, que compartir con ellos lo que sea no representa ningún sacrificio. Algunas veces será necesaria la intervención delicada de los padres cuando esta actitud tan conmovedora ponga en riesgo juguetes caros y complejos, objetos de valor o también algo que no es de los niños, porque en su afán de compartir no sabrán distinguir lo que es apropiado de lo que no lo es. Otro caso distinto de intervención de los padres es el del chico que no quiere compartir  porque esto significa renunciar a algo que le da seguridad. Es necesaria la asistencia de los padres porque no siempre el trato que los amiguitos dan a los juguetes u otros objetos compartidos es el debido, y la pérdida o ruptura de algo podría frustrar nuestro esfuerzo por ampliar el mundo de los chicos. El resultado sería sin duda una gran desconfianza para con los demás y en cierto sentido también para con lo que nosotros les enseñamos. Por eso el acostumbramiento paulatino a un uso común de las cosas  debe verse acompañado por observaciones oportunas sobre lo bien que están jugando juntos, las cosas nuevas que aprendieron a hacer y cómo se están haciendo grandes que ya saben estar con los demás divirtiéndose. Si realmente la actitud generosa está bien guiada, la diversión y la alegría no serán trucos de los padres para que no sean egoístas, sino que serán el auténtico fruto de un modo de ser más maduro y más humano. Por eso no debe asombrarnos descubrir que uno de los sentidos de la palabra “generoso” es “que da frutos”.

 

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