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Columna de Paola Delbosco: ¿Por Qué Usar su Autoridad Incomoda a los Padres?

Muchas veces los padres y las madres actúan con sus hijos reactivamente respecto de la educación que ellos/ellas recibieron en su juventud, con la desventaja de que el que reacciona sabe de qué quiere alejarse pero pierde de vista adónde quiere llegar.

Sin duda educar a los hijos es una tarea de extraordinaria importancia, considerando que de la calidad de esa tarea depende la calidad del recambio generacional en la sociedad. Sin embargo muchas veces los padres y las madres actúan con sus hijos reactivamente respecto de la educación  que ellos/ellas recibieron en su juventud,  con la desventaja de que el que reacciona sabe de qué quiere alejarse pero pierde de vista adónde quiere llegar.  Dado que lo más probable es que sus progenitores hayan sido autoritarios y poco sensibles a los estados de ánimo, a los gustos o  a los intereses de sus hijos, para imponerles simplemente lo que “debía hacerse”  o lo que “debía decirse” o, más frecuentemente, lo que “se debía callar”, ahora es el turno de otro estilo educativo. Lo que ahora se elige es declinar el ejercicio de la autoridad, considerando que ya pasó la época de las imposiciones, y que, así como en el panorama político llegó la  democracia como una conquista largamente ansiada, también en la educación de los hijos hay que ser democráticos. No está mal que nos preguntemos en qué debemos mejorar lo que hemos recibido de nuestros padres, qué debemos modificar porque no responde a las exigencias de hoy, qué podemos hacer mejor debido a los conocimientos más profundos de los que disponemos actualmente respecto de la afectividad o de los distintos temperamentos. Lo que no da resultados es querer hacer simplemente  lo contrario de lo que se hacía antes, porque estaríamos frente a una reacción automática, poco lúcida y en el fondo tan desorientada como lo que la originó.

Si en el centro de nuestra preocupación educativa se encuentra la persona de nuestro hijo, o de nuestra hija, observando sus necesidades, tendremos una buena guía para nuestra tarea. Lo primero que salta a la vista es que el niño llega al mundo sin pedirlo y sin saber nada de la vida. Esta condición común a todos los seres humanos marca con claridad la irrenunciable responsabilidad de los adultos en general, y de  padres y madres en particular, de hacerles a los niños posible la vida. Esto implica que nos sintamos comprometidos a defenderlos, estimularlos, corregirlos, en una palabra: guiarlos en su crecimiento, hasta que ya no nos necesiten y a su vez se puedan hacer cargo de otros. Esta tarea de permitir el crecimiento del otro, cuidándolo y guiándolo, es tarea propia de quien ejerce la autoridad.

El sentido originario de la palabra latina auctoritas se aclara  cuando lo referimos al verbo augere (aumentar, incrementar),  a partir del cual está formado el sustantivo; se entiende que la autoridad es la facultad de hacer aumentar o crecer algo. Por eso también la palabra autor o aumento, que derivan de la misma raíz, aluden a la acción de dar origen a algo o al resultado del crecimiento. En síntesis, todos estos conceptos no están tan lejos de lo que los padres y las madres hacemos todos los días durante el período de formación de nuestros hijos: somos autores  de su vida,  aumentamos día a día sus cuerpos y sus conocimientos, y para guiarlos usamos sin duda nuestra autoridad.

Nada de miedo, entonces, cuando lo que somos y lo que sabemos está puesto íntegramente al servicio de su crecimiento. Por otra parte, la instintiva confianza que los niños experimentan frente a los adultos, además de reforzar la gran responsabilidad que todo adulto tiene con respecto a los chicos, nos asegura que hay algo funcional, algo realmente indispensable para el crecimiento de los niños, en la relación con los adultos en general y con los padres específicamente. Ellos dependen de nosotros. Teniendo bien en claro que sin el cuidado amoroso de los progenitores ningún niño podría sobrevivir, el ejercicio de la auténtica autoridad se nos revela como un verdadero servicio para su crecimiento. Por supuesto que sólo justificamos el poder ejercido por los padres cuando está orientado al desarrollo armónico de sus cuerpos y sus almas; cuando se eligen los medios más  eficaces y menos dañinos para ayudar a formar equilibradamente sus caracteres; cuando se los guía para que adquieran las destrezas que les sean útiles para la vida, incluyendo la sana diversión. El poder de la legítima autoridad, y la de los padres es la forma más natural de autoridad legítima, nunca es prepotencia, es decir, poder excesivo. Quizás es eso lo que da miedo, no la autoridad, sino su dramática caricatura: el autoritarismo. Esta forma de prepotencia, aún cuando fuese bien intencionada, no tiene en cuenta empáticamente el ser del otro, no se comunica con él, no se abre a su particular modo de ser; por eso está condenada a la acción sólo externa.

La verdadera y necesaria autoridad de los padres produce en los niños una sensación de seguridad, como lo produce caminar sobre piso firme: el piso no cede al peso del pie, y por eso no nos caemos. Los padres permisivos frecuentemente causan ansiedad en sus hijos. De hecho la renuncia al ejercicio de la legítima autoridad, regulada por las auténticas necesidades de los chicos, muchas veces responde a la incertidumbre de los padres, y alguna que otra vez a su cansancio o también a la comodidad.

Sin embargo, si entendemos que nunca tenemos permiso para abdicar de nuestra tarea de padres, quizás tomemos más seriamente esta gran responsabilidad.

En concreto: son prerrogativas de la autoridad materna y paterna la atención al chico, el estímulo, la corrección de lo que hace mal y el reconocimiento de lo que hace bien. Ninguna de estas funciones es menos importante que la otra; se puede decir que funcionan en conjunto, pues sólo así se da el lento florecer de una personalidad armónica y equilibrada, condición infaltable para una vida feliz. Y la felicidad de nuestros hijos es lo que más nos importa. Entonces, ¡a trabajar!               

  

                                                                                                                

María Paola Scarinci de Delbosco

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